Hola,te deseo queestés muy bien, donde quiera que estés. Sí, tu,quien quiera que seas y donde quiera que estés, quiero que sepas que aquí donde estoy ahora mismo hago votos por tu paz interior.
Quiero compartir contigo algunas reflexiones. Hasta hace un tiempo, un buen tiempo, era irascible, hablaba poco, escuchaba menos, muy poca sonrisa, me creía suficiente y solo me importaba trabajar, trabajar y trabajar. Sí, coómo el presidente Álvaro Uribe ordenó que debía ser.
Pero, afortunadamente, algo (algo no, ¡Dios!), no fue alguien más que él, me comenzó a infundir cambios sustanciales en mi vida diaria y algo comenzó a operar en mí. Fue impresionante.
Los cambios fueron tan evidentes, tan contundentes, que un día cualquiera me levanté con la sensación física de que mi cuerpo era más liviano que de costumbre. Por un momento, cuando iba por la calle, tuve que parar y mirarme si llevaba algo diferente a lo de todos los días. Casi podía volar. No entendía lo que pasaba.
De inmediato eché atrás la memoria y comencé a preguntarme qué había ocurrido. Entonces recordé la actividad que había hecho la noche anterior. Me había dormido, sin darme cuenta, pidiendo paz a Dios, mucha paz. Eso era lo único diferente que había hecho. Pero el resultado era asombroso.
Entonces comencé a repetir de manera inconsciente la palabra paz y de inmediato se estableció una relación entre esa palabra y la extraña sensación que vivía.
Todo ese día fue sorprendente. Cada vez que daba un paso sentía como si resortara, como si algo me levantra. Era demasiado liviano. Esa vivencia de escaso peso se expresó en que mi vida, toda, era muy liviana. No había nada pesado en ella. No sufría por nada, no obstante que había situaciones difíciles en mis días.
Mantuve la disciplina de bsucar la paz en la invocación de Dios y a partir de ahí surgió un proceso que no ha tenido reverso.
Un compañero del periódico mo molesta a menudo, porque dice que camino con igual energía a las 9 de la mañana que a las 12 de la noche. Nada me cansa. Nada me fatiga. Nada, casi nada me entristece.
Como complemento de esa sensación de paz se han despertado en mí unas ganas inmensas de amar. De amar y amar. Todo el tiempo. No quisiera hacer nada más.
Comencé a vivir un sentimiento de amor por todo lo que hay en el universo. De amor en el sentido de cuidarlo, de dar algo de mi a ese objeto amado.
Ahora siento que amo la adversidad porque me enseña a resistir; amo la noche oscura porque me enseña a amar más la claridad; amo a la gente que me hace daño, oro por ella y descubro que esa gente cambia sus comportamientos hacia mí; amo la lluvia, la hierba y me puedo quedar el tiempo que quiera contemplándaola; amo mi trabajo de manera intensa.
Es tanta la fuerza de amar que siento que, a menudo, cuando voy por la calle, quiero abrazar a la gente que no conozco, amo a la gente que necesita, amo a la gente que no conozco.
Podría seguir escribiendo ahora mucho más, pero debo parar porque en este momento voy a trabajar.
Pero, a partir de ahora, seguiré escribiendo (¡Dios quiera!) cada día sobre hermosísima y poderosísima decisión de amar que hoy hay en mí.
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